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El selfie es el claro vencedor de esta feroz batalla vikinga

La fiebre del selfie parece ser que ha remitido desde su vertiginoso apogeo durante el año pasado. Es cierto que sigue siendo una práctica recurrente, pero ya no lo es en potencia. Los selfievídeos (por ponerles algún nombre) empiezan a estar más de moda que las fotografías, véase sino el increíble aumento del uso de plataformas sociales como Snapchat.

El “selfie perfecto” en sí es en mayor medida resultado deliberado de un proceso de adecuación óptima al objetivo de la cámara del móvil, lo que vendría ser: estar media hora para hacerse una foto (y luego a eso añadirle tiempo extra para los filtros y demás). Hábitos como este son potenciados, sobre todo, por la tendencia de querer demostrar al resto de la sociedad lo mejor de uno mismo. ¿Y eso es algo malo? Pues no. Cada uno es libre de hacer lo que quiera con su imagen y ese no es el tema que vamos a discutir aquí.
Este insight define totalmente la sociedad en la que vivimos, una que está esclavizada por la imagen. Y como siempre ocurre, la investigación social que llevan a cabo las marcas ayuda, durante el proceso de búsqueda de ideas, a la hora de construir nuevas campañas publicitarias.

El caso más reciente relacionado con este tema es el de ifolor, una marca especializada en la personalización de álbumes fotográficos online que ha sabido cómo transcontextualizar por completo el insight, de una manera de lo más ingeniosa e increíblemente acertada. La agencia Walker ha manejado el concepto a la perfección y lo ha materializado en una situación totalmente inusual.

En un campo de batalla, en pleno medievo, se enfrentan ferozmente dos clanes vikingos, pero un componente inesperado eclipsa radicalmente el componente trágico y sangriento ocasionado por el enfrentamiento bélico. Y es que a lo largo de la escaramuza vemos una serie de anacronismos que contrastan, tecnológicamente hablando, con el contexto histórico en el que se supone que se sitúa la acción: cámaras réflex, palos de selfie y smartphones por todas partes generan incertidumbre al espectador. Y si a esa misma paradoja anacrónica le sumamos la inesperada puesta en escena de los despiadados guerreros, con el fin vanidoso de querer hacerse el selfie perfecto, en el momento menos oportuno, podemos considerar este anuncio como una pieza épica cuando menos memorable.

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